La inevitable banalización
Joseba Arregi*
El nacionalismo compensa la rebaja de sus pretensiones con estériles arrebatos de radicalización
Resulta bastante curioso que, cuanto más se subraya la laicidad de las sociedades actuales, más se convierte la religión en materia de comentarios de todos los gustos. Se podría afirmar que nunca ha estado tan presente la religión en los medios de comunicación como en la actualidad. Hasta se podría llegar a decir que nunca la Iglesia católica ha estado tan presente en la sociedad como en estos tiempos tan secularizados, aunque probablemente no como a ella le gustaría.
Algún analista del mundo islámico en particular, y del mundo religioso actual en general, llega a decir que la laicidad produce religión, y que las formas fundamentalistas de la religión son las que mejor se han adaptado a la globalización en la que estamos inmersos: por medio de la desvinculación de la religión que se vive respecto de los marcadores culturales de cada sociedad, los fundamentalismos religiosos pueden ser exportados, pueden estar presentes en situaciones y culturas profundamente distintas entre sí. Lo cual no es óbice para que esos fundamentalismos religiosos estén formateados por el mismo molde: homogeneización y estandarización de sus estructuras y formas sociales (Olivier Roy).
YENDO Contra corriente de muchos análisis del impacto que el islam está teniendo en las sociedades occidentales, este autor afirma que lo que en realidad se está produciendo es una occidentalización rápida de la religión musulmana. Y apunta a dos elementos básicos en esa occidentalización: la banalización del islam y la subjetivización de la fe religiosa. Tomemos el proceso de banalización como ejemplo fundamental.
El islam está siendo asumido, por una parte, como elemento configurador de muchos estados, árabes y no árabes, lo que implica un aumento de su influencia. Pero esa asunción va de la mano de su banalización: muchos estados asumen el islam como elemento configurador de las sociedades contenidas en ellos a condición de eliminar su radicalidad, a condición de que acepte determinada compatibilización con el derecho general no islámico, y a condición de ir aceptando la autonomía del Estado frente a la religión.
Este proceso de banalización no es algo que quede reservado para los movimientos estrictamente religiosos como el islam. Sucedió mucho antes con el cristianismo. Y sucede hoy con variadas formas de nacionalismos. El nacionalismo radical de Sabino Arana pudo superar las paredes de la huerta de Abando y entrar poco a poco en la sociedad bilbaína gracias a acceder a la formulación de un programa político como lo exigía De la Sota, lo que le asimilaba al resto de partidos. Y el programa político tuvo como eje la reclamación no de la independencia, sino la restitución de la situación anterior a 1876, a la situación foral de pacto con la monarquía, con derechos y obligaciones.
La historia del nacionalismo vasco es un canto a la banalización: tanto más aceptable para amplios sectores de la población vasca cuanto menos radical en sus pretensiones. Las escisiones en todos los movimientos nacionalistas responden al mismo patrón: a la banalización que asegura una socialización suficiente le sigue la radicalización para preservar la pureza, una radicalización cada vez más asentada en lo subjetivo. Pero esta es otra cuestión.
Todas las banalizaciones van acompañadas de rituales aparentemente radicales que hacen llevadera la conciencia de la renuncia: o bien se producen etnificaciones sin sustento cultural --ponga una K en su nombre o apellido, o ponga un nombre que suene a vasco en su familia, aunque siga hablando exclusivamente en castellano y consumiendo cultura castellana con toda normalidad--, o bien se crean espacios en los que la radicalidad se manifiesta ritualmente, pero con total impunidad. Y no se trata de la impunidad ante la ley y las fuerzas de seguridad del Estado, que también --es poca o ninguna la valentía que requiere silbar al Rey y al himno nacional--, sino la impunidad ante las consecuencias de un nacionalismo vivido en toda su radicalidad.
En términos freudianos, podríamos hablar de sustitución simbólica: no puedo, ni tengo demasiado interés, ni sé qué significaría optar en la realidad, con todas sus consecuencias, por la ruptura de todas las relaciones con el Estado, con España, salir del entramado de derechos y obligaciones simbolizados por el Rey y por el himno nacional. Pero juego a ello en un ámbito que no comporta consecuencia alguna: en un campo de fútbol --según la máxima foral que rige el fútbol y casi todos los demás deportes: lo que sucede en el campo de fútbol queda allí y no puede salir al ámbito de la jurisdicción ordinaria--.
Puede que sea algo muy serio lo que sucede cuando algunos vascos y catalanes dan rienda suelta a su ritual de pitar al Rey y al himno nacional. Puede que no sea más que producto de la banalización del nacionalismo, una banalizacion que debe preocupar a todos, a tirios y a troyanos, a quienes creen en el Estado como a los propios nacionalistas. Puede que no sea más que la celebración de la neurosis de la pequeña diferencia: cuando la diferencia es real y profunda, no necesita estos rituales sublimatorios. Puede que no se trate más que de masturbación estéril, sin consecuencias reales. O con la consecuencia muy real de no comer ni dejar comer: la inestabilidad como regla.
*Presidente de Aldaketa (Cambio para Euskadi)
El periódico 27.05.09

Comentarios
(CONFUTATISMALEDICTIS) dijo Junio 02, 2009 00:29
Los bandazos entre radicalización y banalización ocurren en todas las ideologías: Cuando un Partido quiere mantenerse en el poder a pesar de un entorno cambiante, se banaliza como hizo la UCD y Alianza Popular respecto del Franquismo. Entonces abarca ámbitos nuevos pero inevitablemente hay antiguos militantes que se sienten traicionados y tienden a la radicalización. El franquismo se banaliza pero conserva sus símbolos (Estatuas, nombres de calles, etc.) También el socialismo renunció al marxismo para ampliar su base social, y fue inmediatamente calificado como Partido de derechas por los más integristas de sus conmilitones, y también conserva el puño cerrado y el canto de la Internacional con sus símbolos de los parias de la Tierra y la famélica legión. Quizá la actual China sea el protoejemplo de comunismo banalizado en lo económico pero manteniendo símbolos y estructuras tradicionales del Maoismo, siendo la banalización económica a su vez reacción por mor de la supervivencia a la radicalización de la Revolución Cultural.
Incluso en la Iglesia Católica si observamos el Concilio Vaticano II como aggiornamento necesario para sobrevivir, y a la Teología de la Liberación como su desarrollo, serían la banalización que engendra reacciones radicales, como los múltiples movimientos puristas o integristas como Lefevre, y hasta folclóricos como el Palmar de Troya, y cristaliza en los bandazos y retrocesos de la Jerarquía asustada hacia posturas esencialistas.
Las oscilaciones entre banalización y radicalización, y la convivencia entre una praxis banal con una liturgia purista y radical son una constante en la vida de todas las ideologías. Cuando la contradicción es más violenta sobreviene una crisis catárquica como la que provocó la implosión de la URSS.
El nacionalismo vasco no tiene probablemente más contradicciones que otras ideologías. Es seguramente la existencia de ETA y todo lo que significa, lo que distorsiona y desquicia su proceso de evolución y maduración histórica. Es posible que la pérdida del Poder Político favorezca una reflexión serena que permita reformularse y redefinirse a esa pieza de nuestro rompecabezas que es el nacionalismo democrático, y que sus aledaños más radicales logren emanciparse del Protectorado de ETA.
No nos vendría mal, porque Euskadi no la pueden construir solamente ellos como han pretendido, pero tampoco la podemos construir los demás sin ellos. Aquí nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios.