Romper con la melancolía
Eduardo Madina
Hay ángulos de visión en Euskadi que invitan a la melancolía. No todo el mundo los vive por igual ni todo el mundo los sufre pero están ahí conformándonos, dibujando el paisaje que dice lo que somos y que recuerdan también todo lo que no somos en este país. Caer en ellos suele venir derivado de una conciencia de la realidad y de una identificación con lo que no está en su sitio en Euskadi, de la doctrina humanista con la que muchos de nosotros nos vinculamos al dolor de quienes son clasificados por lo fanáticos como materiales con los que construir, con sangre ajena, una paraíso propio de pureza y de homogeneidad.
Este es nuestro cauce central de tristeza. Pero hay también otros senderos hacia la melancolía. Los que se recorren bajo el hartazgo de tener que optar por una única y exclusiva patria nacional de devoción obligada, bajo la obsesiva imposición de tener que elegir una, descartar otra y mostrar nuestra presencia en uno y otro bando de este insufrible partida ideológica, interesada, reduccionista e irresoluble.
Algunos pensamos que se puede vivir de otra manera. Por fin una Euskadi liberada de esa teología de sangre con la que algunos tratan de totalizarnos. Por fin ciudadanos libres. Por fin nos más encuestas sociológicas de hace dos siglos, no más obligación de simplificarnos; sólo vasco, sólo español, más vasco que español, más español que vasco, tan vasco como español.
Por fin fuera de este túnel melancólico de obediencia debida a una bandera exclusiva, afrontando el futuro con una cierta alegría de vivir, sin tanta pesadez indentitaria reivindicando nuestra complejidad y rompiendo con los esquemas que durante tantos años han buscado reducirnos, hacernos pequeños, clasificarnos y enfrentarnos, en una partida ideológica privada. El día 1 de marzo, en Euskadi, se puede abrir una puerta hacia la ciudadanía. Se puede encender una luz para todos los que aquí vivimos.

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