La izquierda, la crisis y el cambio
Álvaro Bermejo
Todas las estrategias ante la crisis están contenidas en ese relato de Borges donde nos describe la magia y la maldición del Jardín de los senderos que se bifurcan. En principio, tanto desde la Izquierda como desde la Derecha se habla de Cambio. El presidente Zapatero exige un cambio de actitud a la oligarquía financiera, el opositor Rajoy coincide con Patxi López en pedir un cambio de Gobierno -el primero a escala estatal, el segundo en la autonómica. Y todos hacen suyo el slogan de Obama, «Yes we can» -Sí, nosotros podemos-, aunque nadie se atreve a precisar exactamente qué, cómo y de qué manera.
Una vez insertos en el Jardín borgiano, no se advierten nuevas vías que marquen la diferencia en lo que afecta al modelo de crecimiento económico que nos ha llevado al borde del abismo. Se diría que incluso entre la Izquierda siguen vigentes las tesis de Max Weber, para quien el capitalismo es una especie de maquinaria inexorable que utiliza hasta las críticas más acerbas para refundarse continuamente. Una de las más interesantes la expuso André Gorz poco antes de suicidarse. Cuando aún nadie vislumbraba el crack de Wall Street, Gorz defendía la idea de que el capitalismo era una especie de zombi, incapaz de resucitar tras haber dinamitado todos sus valores fundamentales.
El pensador francés afirmaba que los capitales acumulados ya no podían revalorizarse ni aumentando la productividad ni extendiendo los mercados. Mientras que las fórmulas de crecimiento empresarial basadas en la reducción de los trabajadores mejor pagados a costa de la precarización de todos los demás, abocaría a los mismos resultados que apostar por la deslocalización de las grandes industrias, pagando salarios de miseria en el Tercer Mundo. Ante la ineficacia de esa disyuntiva para sus mantener altas tasas de beneficio, los «expertos» encontraron un atajo suicida: acudir a los mercados financieros, construyendo un castillo de naipes a partir de valorizar indefinidamente capitales ficticios.
El paradigma del modo de operar de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa -hoy al borde de la quiebra-, cuya revalorización llegó hasta el 19.000%, acredita la invitación a un estilo de vida. Desde todas las instancias se nos invitaba a endeudarnos para mantener la ficción y aumentar el consumo, gastándonos lo que nadie tenía. Los Bancos y los Gobiernos caminaban alegremente al borde del abismo. Los primeros lucrándose con el riesgo de los ciudadanos. Y los segundos exhibiendo sus perspectivas de crecimiento del PIB, mientras nos pintaban un futuro paradisiaco basado en una revolución tecnológica que, de pronto, se muestra incapaz de revertir la implosión del sistema. Ahora, mientras le toca al Estado recoger los cristales rotos, comenzamos a descubrir que lo más grave de esta crisis no es tanto el déficit público o el endeudamiento de las familias. Hay algo peor. Me refiero a la destrucción sistemática de todos los vínculos sociales en beneficio de una sola lógica. Sabíamos que nuestro sistema económico genera individualismo y enfrentamiento, a partir de una competitividad que se ha convertido en un valor absoluto. Pero ahora hemos caído en la locura de mercantilizar descarnadamente cualquier relación. En otro tiempo, un libro o un periódico eran artículos bien distintos de una lavadora, y los trabajadores que se implicaban en su redacción priorizaban otros valores por encima de la estricta mecánica industrial. Hoy todos trabajamos en la misma cadena de montaje, cuyo único valor real consiste en convertirnos en líderes del mercado. El valor social no aparece en los balances de beneficios. La creatividad, incluso la autonomía individual, chocan con estructuras productivas que hoy imponen restricciones en aras de la supervivencia del sistema. Entre tanto, los poderes públicos parecen limitarse a buscar acuerdos con empresas para que despidan más despacio, mientras aconsejan seguir consumiendo y fingen confiar en que todo se arreglará por arte de magia. Decía Hayek que la sociedad es un conjunto de individuos «que compiten entre sí por la posesión de los bienes disponibles». Es precisamente esa centralidad de la competitividad lo que sitúa a la cooperación y a la solidaridad en el otro polo de la ecuación: el que debería marcar los pasos hacia una política de cambio real, desde la Izquierda. Cuando Patxi López afirma que «otra Euskadi es posible» debería incluir estos principios en su decálogo. Porque también es posible construir otra economía para el País Vasco a partir de esa contradicción que abarca tanto lo político como lo social. En lo que va de precampaña, no he oído hablar de los valores esenciales de lo que debería ser una nueva política de Izquierda, como la autoayuda y la corresponsabilidad, como la equidad y la solidaridad, que constituyen la única alternativa a la vigente «sociedad de mercado». Hablar de «Economía Social» no es pecado. Entendemos por ello una forma de ver la empresa que, sin renunciar a la eficiencia profesional y a la rentabilidad empresarial, prioriza la primacía de las personas sobre el capital, la gestión participativa y democrática, el compromiso de las cúpulas financieras con la ciudadanía activa y su implicación con la comunidad, la solidaridad, la responsabilidad social y el desarrollo sostenible. Nada de todo esto se puede llevar a cabo desde el frentismo político. Por eso resulta prioritario para el País Vasco asentar un Gobierno de Consenso, donde los intereses de los ciudadanos pesen más que las estrategias de los partidos. Es precisamente ahí donde la Izquierda se juega el ser o no ser. Ya no se trata de reinventar un nuevo «Capitalismo de Estado» multiplicando la contratación pública. Con eso, en lugar de salir del jardín donde todos los senderos se bifurcan, sólo conseguiríamos mitigar los fallos estructurales de un sistema que ya ha quedado atrás tal como lo hemos conocido hasta hoy. Apostar por soluciones del pasado nos aleja de la búsqueda de alternativas de futuro. Hoy necesitamos salidas de matriz distinta. Y éstas sólo pueden surgir del capital social, tantas veces denostado por la economía financiera que nos ha llevado a la catástrofe. Es tarea de la Izquierda liderar el Cambio, pero éste sólo puede llevarse a cabo implicando intelectual y hasta emotivamente a un conjunto de personas y grupos para construir conjuntamente una sociedad más habitable y más justa, con nuevas estructuras comunes y nuevas esperanzas. Lo sé, es fácil decirlo con palabras. Pero es la única manera de ir pasando de verdad de las ideas a los hechos.


Comentarios
Lorena López de Arriortúa dijo Febrero 12, 2009 17:17
Una aportación de peso y con ideas propias. De las de cortar y pegar en el cartel de la Casa del Pueblo. Mis felicirtaciobes para el Sr. Bermejo y para vuestra página.
Lukas dijo Febrero 13, 2009 09:40
Suscribible de principio a fin, con la alegría añadida de ver que un tipo tan independiente como Álvaro se incorpora al Cambio. A mimarlo, colegas.
Francisco Gragera Delgado dijo Marzo 13, 2009 09:48
Estoy muy de acuerdo con lo que manifiesta el Sr.Bermejo.Añadiría,que López y todos los que votamos cambio,bajen más a ruedo en la calle y dejen de ver los toos desde la barrera.Quisiera ver en el Gobierno de Patxi,por ejemplo a un comerciante de calle.Paco Yeste