Mirando al futuro
Felipe Juaristi
Este es un año de aniversarios. Así es el número nueve, tan curioso como extraño. Se cumplirán veinticinco años del asesinato de Enrique Casas; cincuenta años desde la aparición de ETA. De todos los acontecimientos, esos me han parecido los más señalados por la simbología de los números. En nuestras vidas todo no ha sido ETA, por suerte, pero ETA ha sido, queramos o no, un tema que no hemos podido olvidar. Cerremos los ojos y soñemos para que el tiempo hasta despertar transcurra más deprisa, pero sabemos que al despertar seguirá ahí, como el dinosaurio de Monterroso, mirando nervioso todos nuestros gestos, todo lo que hacemos.
Como la realidad es tan cruda y terrible, otros temas, a pesar de su importancia, resultan insignificantes, y si parecen más de lo que son, es por las voces y sonidos de alrededor. Si en lugar de expresar nuestras diferencias y enemistades a gritos, las explicáramos a través de palabras silenciosas, mediante susurros, como si fueran palabras de amor, ganaríamos mucho en salud. Pero no ha sucedido así, la violencia nos ha contaminado todo, y los ciudadanos vascos hemos tenido que inventar un montón de artimañas para librarnos de su influencia. Como algunos pocos han subrayado, además de en la política, también en la convivencia han querido ocultar caras de carne y hueso con máscaras de carne y hueso. Unos pocos quieren dar la imagen del todo, pero dan la imagen de lo que no es, de esa manera nadie sabe en realidad qué o quién es. Pero ese desconocimiento esta en permanente cambio, y finalmente le da su verdadera identidad al enmascarado. La persona desaparece perdiéndose en la nada y nos queda la máscara. Otra vía de escape es la indiferencia. Se ha construido otra realidad sobre, o debajo, de ésta, y se comienza a vivir en la ella como si se tratara del jardín del paraíso. Hemos nacido entre la indiferencia, increíbles funambulitas. Se trata tan sólo de un mecanismo de defensa, para que en principio no nos cause un dolor mayor ese dolor que proviene de fuera, para que no se produzca un agujero mayor en nuestro interior. Pero con el tiempo, en cambio, el mecanismo de defensa cambia de carácter, y cuando hay sangre de por medio, se empieza a hablar de personas. Esto adquiere nuevas características y, como todo evoluciona, va cambiando poco a poco. La indiferencia se convierte en fatalismo.
Podría hablar largo y tendido sobre la culpa que tienen (tenemos) todos los habitantes de esta comunidad en el origen de ese fatalismo. La responsabilidad será mayor cuanto más poder se tenga, aunque nunca nos atrevamos a decir tal cosa en voz alta. En los últimos treinta años ha sido el partido nacionalista el que ha llevado las riendas del mando, algunas veces apuradamente y otras de forma sosegada. Por lo tanto su responsabilidad es mayor que la de otros. Pero eso no exculpa a nadie, porque todos vivimos aquí, y está en manos de todos, en gran medida, convertir una casa vacía en un hogar.
La indiferencia es el cáncer de la vida humana. Si en el otro, en vez de ver al amigo, al barrio, al conocido, al compañero, solamente vemos una sombra que anda a hurtadillas, la misma humanidad también se convierte en sombra, en una mala sombra, en un fantasma errante, en un animal salvaje. Hemos perdido la virtud de la empatía, entre otras virtudes, sin remplazarla por otra nueva. El fatalismo no es mejor. Porque caer en eso significa que el ser humano renuncia a una de sus propias características esenciales, la de mirar al futuro con ilusión y agrado. No hay mayor alegría en la sociedad en la que vivimos. Pasamos entre la indiferencia y el fatalismo, con apuro, sin saber si el camino finalizará algún día. Miramos con miedo lo que nos rodea, presintiendo indicios de tragedia en todas partes. Y comenzamos a gritar para espantar el miedo. Hemos olvidado utilizar el lenguaje con sencillez.
Las elecciones son, en cualquier parte, ambientes festivos, disputas civiles, sin sangre, similares a los juegos de los luchadores de circo. Se golpean sin producir dolor; se trata más de una suave mueca que de un verdadero golpe. En este caso no, la indiferencia y el fatalismo deciden el resultado: sin decidirlo, claro. Y al final todo se tiñe de un aire caótico lamentable y frágil.
Desconozco quién ganará las elecciones, pero sé que al día siguiente saldrá el sol y que el vencedor, sea quien sea, tendrá mucho trabajo para hacer frente a todos los problemas que tenemos.

Comentarios
Cristina Angulo Leonardo (cristina) dijo Febrero 21, 2009 09:34
Con permiso... ¡¡¡CAMBIAMOS!!!
El frente abertzalonacionalista no sumará mayoría absoluta según el resultado de la última encuesta del CIS. Éstas palabras mías, aunque pueda parecer cosa distina, es un mensaje en positivo, es un mensaje por la construcción, por la paz y la libertad.
Aúpa Patxi, y tus compañer@s.
Cristina Angulo.
(Discúlpad que me haya metido por esta columna, con todos mis respetos a su autor y por supuesto a Enrique Casas es entusiasmo y esperanza lo que quiero filtrar)
pablo garcia astrain (ciudadanogarcia) dijo Febrero 23, 2009 10:39
Hace algunos años tuve la ocasión de viajar y vivir un tiempo en Chile. Justo el año que Pinochet pasó en Londres. Al contacto con jóvenes que sólo habían conocido la dictadura hasta su mayoría de edad; esto es, los nacidos como yo, en los setenta; me sorprendió que sus comentarios sobre política y políticos eran idénticos a los que hacían muchos de mis conocidos por estos estos lares. Respondían al mismo lavado de cerebro generalizado, al mismo apolitismo e indiferencia calculada, aprendida y enseñada como un reflejo para sortear dilemas morales inevitables. Entonces entendí que no todas las dictaduras son militares.
La ideología liberticida funciona igual aunque las coordenadas geográficas sean distintas. Creo que muchas generaciones de vascos adolecemos del mismo lavado de cerebro. Somos una sociedad maltratada, convivimos con nuestro agresor, nos viola repetidas veces, y como no puede ser de otra manera acabamos desquiciados, con la inteligencia arrasada. No sé quien ni como se escribirá la historia en el futuro. Lo que si sé es que la sociedad vasca no podrá mirarse al espejo demasiado rato. Tenemos el deber moral de vencer a ETA como sociedad, sin lo cual nunca seremos ni libres, ni dignos de las generaciones futuras. Espero que algún día en efecto se abran de nuevo las amplias alamedas por donde caminará el hombre libre, también aquí en el País Vasco.